Góngora y Lope firman la paz en Villanueva de los Infantes gracias a Luis Díaz-Cacho y Luis Romero de Ávila
En el marco de la XIII Ruta de los Patios de 2026, los poetas Luis Díaz-Cacho y Luis Romero de Ávila protagonizan un insólito y brillante duelo de ingenios en el histórico Patio de los Girones Pacheco. Entre galerías de madera de sabina, acordes de guitarra y versos del Siglo de Oro, la crónica de una jornada maratoniana que transformó la literatura en un emocionante teatro de calle y reconcilió a los dos más grandes rivales de las letras hispanas, Luis de Góngora y Argote y Lope Félix de Vega Carpio.
En el Patio de los Girones Pacheco de Villanueva de los Infantes, los poetas Luis Díaz-Cacho y Luis Romero de Ávila encarnaron a Lope de Vega y Luis de Góngora durante la XIII Ruta de los Patios en octubre de 2026. Acompañados por la guitarra de Juanma Ferrer, ambos autores transformaron este histórico espacio manchego en un ágora barroca donde recitaron obras emblemáticas y concluyeron con una lectura conjunta de “Fuenteovejuna”. Esta innovadora y cercana celebración de la palabra dejó una profunda huella en los asistentes y organizadores.
El eco del Siglo de Oro aún resuena en las galerías de madera de sabina y las columnas de orden dórico del Patio de los Girones Pacheco. En el corazón noble de Villanueva de los Infantes, un imponente caserón con más de seiscientos años de historia y profundas reminiscencias cervantinas se convirtió, en el marco de la XIII Ruta de los Patios de 2026, en el escenario de un insólito duelo de ingenios. Luis Díaz-Cacho y Luis Romero de Ávila descolgaron los ropajes del tiempo para encarnar, respectivamente, a Lope de Vega y Luis de Góngora. Lo que la historia y los manuales de literatura siempre presentaron como una enemistad irreconciliable y ácida, la poesía y la complicidad de estos dos autores contemporáneos lo transformaron en una hermosa interlocución y un tributo a la palabra.
El evento, integrado en el prestigioso Programa Oficial de la festividad —que abarca del 10 al 18 de octubre—, propuso una dinámica diferente a las habituales representaciones teatrales de la festividad. A lo largo de una maratoniana jornada, los intérpretes rompieron la distancia con el público, moviéndose de forma libre por el espacio del patio, interpelando a los asistentes e improvisando ingeniosas «morcillas» y comentarios según su libre albedrío. En total, se sucedieron seis pases cada 20 o 25 minutos, logrando que cada intervención tuviera un carácter único, fresco y sumamente simpático, arropado por el punteo constante de la guitarra del joven Juanma Ferrer, encargado de insuflar la atmósfera musical idónea a los versos barrocos.
El patio con alma e historia
Antes de que las rimas dominaran el ambiente, el recital se detuvo a repasar los anales del propio Patio de los Girones Pacheco. Los poetas recordaron los relatos sombríos que habitan en sus muros, desde que el inmueble fue adquirido por el Marqués de Santa Cruz, pasando por las manos del Marqués de Miraflores —quien, según la memoria oral de la villa, fue trágicamente asesinado en una de sus galerías superiores—, hasta llegar a la actualidad. Desde hace 400 años, la casa pertenece ininterrumpidamente a la misma familia, regentada hoy en día como un alojamiento turístico cuyas estancias ostentan orgullosos nombres literarios e históricos como ‘Los Sueños’, ‘El Buscón’ o ‘Quevedo’. Es una vivienda típicamente manchega, de aquellas que Miguel de Cervantes inmortalizó en “Don Quijote de la Mancha”.
El recital alternó magistralmente la gravedad lírica y el humor satírico. Luis Romero de Ávila, revestido con la solemnidad de Góngora, desgranó con voz grave los matices melódicos de Los rayos dicen al Sol: «La mano oscurece al peine; / más qué mucho, si el abril / la vio oscurecer los lirios / que blancos suelen salir / en la verde orilla / del Guadalquivir.»
La réplica de Díaz-Cacho, dando vida a un Lope más ligero, pero de honda sensibilidad espiritual, llegó de la mano de su célebre soneto sacro ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?, seguido por la desgarradora lucidez de Rota barquilla mía y el divertimento metaliterario de Un soneto me manda hacer Violante. Góngora no se quedó atrás en la agilidad cómica, y con el recitado de Cuando pitos flautas devolvió la ironía y la mordacidad al patio, provocando las risas de un público entregado a los vaivenes de la Fortuna que da «a unos encomiendas y a otros sambenitos». Para cerrar el círculo de sus intervenciones, cada uno de los poetas regaló a la audiencia una muestra de su propia cosecha poética actual.
Fuenteovejuna
El punto álgido de la cita artística llegó cuando Lope invitó a Góngora a sumarse a la lectura dramatizada de Fuenteovejuna. En un diálogo vibrante, las voces de ambos poetas se trenzaron en los versos de la famosa revuelta popular contra los abusos del Comendador. «Morir, o dar la muerte a los tiranos, pues somos muchos, y ellos poca gente», exclamaba Romero de Ávila en el clímax de la escena, despertando el entusiasmo de un auditorio que vio cómo las fronteras entre el pasado y el presente se diluían por completo a través del teatro.
Al concluir, el cansancio era evidente pero la satisfacción inmensa. Díaz-Cacho reconocería posteriormente haber terminado la jornada «agotado», una consecuencia natural del esfuerzo de vaciarse frente a los espectadores en un formato tan exigente. Sin embargo, la huella dejada fue tan profunda que la dueña de la casa, María, no dudó en arrancarles una promesa de cara al futuro de “que el año que viene no se vayan a ningún otro patio”, pues los versos del Siglo de Oro ya han encontrado su hogar definitivo en las galerías de los Girones Pacheco.
La literatura nos enseñó que Luis de Góngora y Lope de Vega habitaron en las antípodas del afecto; que sus plumas eran puñales y sus versos, trincheras. Sin embargo, seis siglos de historia reflejados en los muros de los Girones Pacheco bastaron para demostrar que la verdadera poesía no divide, sino que congrega. Al apagarse los últimos acordes de la guitarra de Juanma Ferrer y disiparse el eco rebelde de “Fuenteovejuna”, quedó en el aire de Villanueva de los Infantes la certeza reconfortante de que el arte, cuando se despoja de la rigidez de los manuales y se entrega al albedrío de la calle, sigue siendo el fuego más vivo de nuestra identidad. Los poetas marcharon agotados, pero el patio, preñado de rimas eternas, ya espera en silencio el regreso de sus nuevos e ilustres moradores.
