Reseña del poemario “Tu voz, que ahora importa”, de Pedro Antonio Martínez Robles
José Agustín Blanco Redondo. Valdepeñas, 30 de octubre de 2026.
Pedro Antonio Martínez Robles, escritor de Calasparra (Murcia), es el autor del poemario “Tu voz, que ahora importa”, galardonado con el premio XII Bienal de Poesía provincia de León 2018. Esta obra muestra una poética sensorial e íntima, una poética del hogar y del tiempo, de la añoranza y de la ausencia, de los lazos de sangre y de la lucha contra el olvido.
José Hierro, aludiendo al tenaz e insobornable paso del tiempo, escribió: “Esta casa no es la que era / Ha empezado a andar, paso a paso. / Va abandonándonos sin prisa”. Una atmósfera de melancolía, de reflexiones esenciales y de nostalgia de un ayer no tan lejano se entrevera en los primeros poemas de esta obra de Pedro Antonio. Una atmósfera pausada y relajante que destila su preocupación, su incertidumbre por el triunfo del olvido: “Alguien, alguna vez, / pondrá su mano en esta vieja mesa / ante la que hoy escribo / el temblor de estos versos de sopor sin lluvia…”
El autor necesita cimentar el recuerdo, esa memoria que trasciende las vidas de la saga familiar, abuelos, padres, hijos, esa metáfora que fusiona la mirada de su padre con la de él mismo ante el fuego de la memoria. Y ese aroma pretérito, cálido de confidencias y silencios, de complicidad, deseos y eternidad gravita sobre los versos de Pedro Antonio. Es la suya una poesía honda, honesta, elegante en las descripciones —“Un silencio de cigarras remotas / y ventanas abiertas / en mitad de la mañana de julio…”—, cuajada de versos del hogar y de la vida. En sus poemas, bordonean algunas palabras que nos trasladan a aquellos ámbitos fértiles en evocación y añoranzas, ámbitos de esconces, costanillas y callejas, también a esas casas, zaguanes y corrales de los pueblos de nuestra infancia. Una colección de sustantivos de aquellas alcobas y estancias que habitamos en la niñez y la adolescencia: visillos, rosales, libros, fuego, olmo, jardín, ventana, gallos… Encontramos versos descriptivos que evolucionan, sin apenas transición, a existencialistas: la fugacidad de la vida, la sanadora necesidad de nuestros seres queridos, la presencia incólume del final del camino: “…sin que nada ni nadie / pueda evitarlo / pienso en la muerte”. Los versos de Pedro Antonio sirven para preparar la ausencia. Ese después de una vida que descubre nuevas vidas en el mismo solar. Aunque se trate, quizá, de una ausencia imperfecta: “Cuando ni tú ni yo / seamos ya siquiera sombra aquí…”, “Tu voz, que ahora importa”.
El autor marca un arco lírico desde la felicidad a la desolación, desde esa memoria del ayer, primero luminosa y luego amarga: “…que he creído que era feliz de nuevo / con toda la fuerza del ayer en hoy”. Es el recuerdo de sus primeros años, de las manos de su madre amparando su descanso, ensamblando el ayer con el ahora y el mañana.
Cesare Pavese evoca la infancia en su cuento “La luna y las fogatas”, la nostalgia de aquel ayer, la certidumbre de que “El pueblo quiere decir no sentirse solo, saber que, en la gente, en los árboles, en la tierra hay algo de ti, que incluso cuando no estás te espera”.
Esa misma infancia es la que evoca Pedro Antonio: “Un día, quizá no muy lejano, / quizá despierte / en mitad de la tarde o de la noche / y busque no a quien soy, sino a quien fui, / y asuma de repente la evidencia / de que ha pasado el tiempo…”. Pablo Neruda ahondó en ese mismo sentimiento, en ese cordel de bramante que une de por vida al niño que fuimos con el hombre que ahora somos, aunque a veces no sepamos reconocernos: “Dónde está el niño que yo fui?”. Y los versos de Pedro Antonio, sinceros, profundos, inolvidables: “Y así, tal vez también, / venga todo el dolor a mí de golpe / por todos esos sueños que quedaron / deshechos para siempre entre mis dedos…”. Arrepentimiento, pesadumbre por ese tiempo no aprovechado, una atmósfera de luz y de sosiego que sumergen al lector en un sentimiento mestizo entre el claror alegre del pasado —“…el soplo de una imprecisa alegría / que hoy siento muy distante…—“, el azogue del presente y ese ocre con que el fin del otoño tiñe las hojas caedizas de los olmos. Y, de nuevo, la misma nostalgia de Cesare Pavese en esos versos de Pedro Antonio: “…tras el largo paseo, / una mano de hoy, / que es también la de ayer…” que expresan el sentimiento de retorno a la infancia, a la vieja casa familiar, a los brazos de su madre, a las almaradas ciertas del olvido “…de esta casa que fue vida y asombro / que fue clamor de tantas alegrías…”. Sentimentalismo. Evocación. La llave de hierro de la cerradura de la casa familiar como metáfora de la libertad. Un tiempo feliz en el que “Crecimos en las sombras / de aleros y fachadas con arcángeles / de hielo que velaban nuestros juegos”. Versos que plasman la incertidumbre de la memoria, la, quizá, quimera de desterrar el olvido de aquella calle, de aquella plaza, de aquella casa. Rozar ahora con tus manos las mismas piedras que rozaste en tu infancia, aunque “Ya sé que no es posible / guardarme para siempre la magia de este instante…”
Al autor le atemorizan las encrucijadas del olvido. Un sentimiento muy humano, a veces inquietante, a veces desolador: “Alguna vez olvidaré tu nombre, / mas no habrá sido en vano…”, “A pesar del esfuerzo / por hacer indeleble en mi memoria / la hermosa sensación de estas imágenes, / pronto habré de olvidarlas para siempre…”
Es este poemario de Pedro Antonio un catálogo del instante y los milagros, de quietud y de crepúsculos, de recuerdos y desmemoria, de gorjeos encendidos y ansias de vivir. Es la sensorialidad inmersa en sus versos, es la descripción lírica de paisajes y noviembres, es un pesimismo que destella al atardecer de nuestras vidas: “He mirado la luz hasta cegarme / y apenas supe cosechar sus sombras. / Solo puedo ofrecer ahora cenizas”.
La vida es una noria. Los cangilones se oxidan con el agua y el paso del tiempo, pero aún, entre la vejez, la herrumbre y el olvido, hay una oportunidad para el mañana: “…y espero que la mano de la luz / haga un milagro / y bruña mi dormido corazón”. Pedro Antonio añade agua de lluvia o quizá de manantial a la noria de la vida, añade esperanza, fertilidad, un objetivo que cumplir: “…al alcance / de mis ojos que aún no han aprendido / a mirar sin prisa el alma de las cosas”. Y como Gustavo Adolfo Bécquer, en su leyenda toledana de “Las tres fechas”, el autor nos traslada a esa mano blanca que el poeta romántico vislumbró tras el visillo de una ventana, allí, en los aledaños del convento de Santo Domingo el Real. “Tal vez la blanca mano que ahora sueño / moverse entre el olvido de estas gasas, / en este mirador que nadie habita / desde hace muchos años…” Así es como el autor atrapa la luz del pasado. Así es como conjura las sombras de un ayer que ya no duele, pero que le hace yacer en el abrazo de la melancolía. Así es como expresa el girar de la noria, cangilones de amor y de vida, un día y otro, y otro más. Así es como nos revela la melancolía, el fracaso, el olvido del amor, “…el desconsuelo / de esa triste orfandad de carne inhabitada”. Así es como Pedro Antonio, sin quizá renunciar a la esperanza, pero con la decepción latiendo en las sienes, nos confiesa que “…hay algo en la mañana / en este gris del aire, que me dice / que aquel hermoso sueño, aquel futuro / soñado tantas veces en mi anhelo, / hace ya mucho tiempo / que ha dejado de ser una promesa”.
Agradecer tu sinceridad, tu pálpito íntimo, la sensorialidad de tu mirada, la trascendencia de tus reflexiones, tu generosa manera de ilustrar los sentimientos. Gracias por esa voz, “Tu voz, que ahora importa”.
