Reseña del poemario “Desahuciado ángel”, de Juan José Guardia Polaino
José Agustín Blanco Redondo. Valdepeñas, octubre de 2026.
“Desahuciado ángel” es el título del último poemario de Juan José Guardia Polaino. Publicada por Ediciones C&G – Grupo Oretania en 2026, esta obra se presentó en el Centro Cultural “La Confianza” de Valdepeñas el pasado 9 de octubre de 2026. Alfonso Manzanares Garvín es el autor del prólogo y, como escritor que lee —a diferencia del lector que escribe—, ha realizado una magnífica disección de este libro de imágenes brillantes y conmovedoras, de dolor y rebeldía, de reivindicación y pasión militante contra la injusticia.
“Desahuciado ángel” traspasa sus versos con hebras de sinceridad, nitidez y certidumbres y cierra la “Trilogía de los exilios” iniciada por los poemarios “Los exilios de la sangre” y “En la patria del fuego y la ceniza”.
Cerca quedan los ecos de la honestidad y de la luz, del reverbero de la palabra como estandarte ante la muerte, como refugio de los avasallados y de los que sufren en silencio, como baluarte de los débiles y los ignorados, como torre barbacana contra el desahucio de la razón, como adarve protector de la igualdad y la clemencia.
Cerca queda el viento que resucita la memoria, que rescata a los oprimidos, que enaltece la verdad, que vivifica la palabra, que incinera el dolor y aparta la indignidad de los silencios.
En “Desahuciado ángel” encontramos poemas escritos por un hombre sensible: “Yo lloro…sabes…Yo sé llorar”, “Tiembla mi corazón de niño derrotado”. Versos de un poeta que abomina de guerras y traiciones, que desea “…aprehender los códigos laberínticos de la luz…” mientras resiste en una ciudad asediada por la soledad y la sangre, por los gritos y las humaredas, pero en la que también resisten el coraje, la pasión y la ternura. Una ciudad que Juan José quiere habitar porque “…huir como ellos / sería vestir mis ojos de derrota”, un mundo que, a pesar de la ambición y la indignidad de los poderosos, no es suficiente para someter la claridad de esas palabras que nos salvan: “Y no deseo, a fecha de hoy, / que la muerte me salve de esta vida”.
El poema “Impía la vida” nos transporta al verso de las Bucólicas de Virgilio donde el poeta romano afirmaba que el amor todo lo vence —Amor vincit omnia—. Y así, Juan José nos asegura que, aunque la vida nos arrastra inexorablemente a la otra orilla, es el amor el que “nos abre sendas y caminos, / y son nuestros ojos / hogueras para la comitiva. / Creemos en el amor / porque hemos visto cómo se izan las norias / sobre sus aguas mitológicas…” El poeta propugna el poder del amor y también de la palabra valiente que denuncia la iniquidad, porque es “Ella / quien salva al hombre / en su confuso trasmundo de escombros”.
Juan José sufre por la paz entre los hombres en un mundo que es olvido sin memoria. Y nos convoca contra la mentira, la hipocresía y la traición mediante las armas de la generosidad y el altruismo, de la verdad y de la vida, de la luz y la bondad. Nos convoca con un elogio a la milicia de las palabras, con un compromiso contra la pusilanimidad —“Confundirnos tras los pliegues de las sábanas / tampoco nos sirve”—, con la entrega de su corazón y su entusiasmo al final de todos los caminos. Porque el fuego y la sangre son las barrocas, pero también actuales metáforas del hombre, de la fragilidad de su destino y de lo efímero de la existencia: “…solo es esparcido polvo / ante una lluvia que definitivamente lo ha de borrar”.
Guardia Polaino escribe una epístola a don Francisco de Quevedo para informarle del fermento de las guerras y de la sevicia que sepulta la libertad, la decencia y la equidad. Y echa de menos al gran escritor del siglo XVII fallecido en Villanueva de los Infantes mientras, de acuerdo con él, ennoblece al hombre como anuncio de la luz, denuncia de la injusticia y valedor de la sensatez.
Y es ese mismo hombre el amenazado por el fuego, el dolor y los silencios, por la sangre, los rencores y la muerte, por la cicatriz, la ceniza y los exilios. “…nunca somos llorados honrosamente los muertos”, se lamenta Juan José entre la melancolía y la derrota: “Somos hornacina sin efigie, / la memoria deshabitada / que se duele de ser ausencia de historia”.
El poema “Esquivar los ojos a la muerte” alberga este par de versos: “…cuando la vida ha sido vencida, / arrasada y sin luz”. Son palabras con reminiscencias de Cesare Pavese y que fueron expresadas en su inquietante poema “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”: “Esta muerte que nos acompaña / de la mañana a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un vicio absurdo…”. Versos de aroma existencial que nos retrotraen al Siglo de Oro y a Quevedo —desaliento, brevedad de la vida, impotencia— en el poema de Juan José “Así, a contracorriente, / somos a la vida tan solo muerte”. Un pesimismo también derramado en los versos “La vida se me ha perdido / en la partida ambiciosa de los viejos tahúres”.
Nuestro poeta de Villanueva de los Infantes y también de Valdepeñas, nos gratifica con una extraordinaria enumeración de metáforas acerca del hombre: “signo ebrio de vida”, “criatura primitiva”, “instante puro, carne tomada al vientre mineral de la tierra” mientras se define a sí mismo como “aquel barro llorado de alba lluvia” para integrarse en la médula de aquel hombre universal con estos versos: “Yo vivo en él; soy su memoria generosa…” “Soy origen. Hombre en arcilla levitada”.
Juan José es el ángel desahuciado que otorga el título a su poemario, un ángel combativo y aliado de esa palabra que germina en sus versos, pero víctima finalmente de la barbarie, del dolor y del exilio. Juan José, necesita —el tiempo no perdona— “…olvidar las derrotas / pues la sangre busca otras fronteras / …Es ésta una realidad sin retorno”. “Fui solo ojos para el embeleso de la vida”, “Se me hizo cueva la noche, / un vacío vacilante roto de naufragios. / Creo haber muerto uno de aquellos días”. Cansancio, soledad, hastío, sentimiento de inutilidad y de no retorno compensados, de súbito, por el convencimiento de que “…hay que dar el paso, vencer al destino / aún estando ciegos y precipitados ante el abismo”, por la certidumbre de que la palabra “…siempre es la vida / y nunca morirá en las cenizas del tiempo”. El escritor José Ángel Valente, en su poema “Serán ceniza”, se agarró también al mismo anhelo de Juan José: “El corazón / tiene la sequedad de la piedra / …Hay una luz remota, sin embargo, / y sé que no estoy solo”.
Esta es la enseñanza de Juan José, su luminosa filosofía, su catártica postura ante los afanes de los años, de las décadas, su sincera, estoica actitud de una vida militante contra la injusticia, la vanidad y la soberbia. Esta es su forma de abrirnos la puerta de la esperanza. Creo que debemos darle las gracias, abrazar sus palabras y elogiar su compromiso, su sincera y quizá temeraria lucha contra la infamia, el desistimiento y el dolor. Y escribo temeraria porque el poeta reconoce que “El ser humano es quien más daño le provoca a mi corazón / y sin embargo no sé vivir sin él”, “Concluyo en que la vida / me ha condenado a ser otro ángel de labios desahuciados”.
Juan José Guardia Polaino, verso valiente, alta voz junto al grito de los poetas. Tenemos tanto que agradecerte…
