Microrrelato y reseña de la exposición “Naturaleza resignificada” de Teruhiro Ando por José Agustín Blanco Redondo
La luz imperfecta de la memoria
José Agustín Blanco Redondo
Microrrelato y reseña de la exposición “Naturaleza resignificada” de Teruhiro Ando. Museo Municipal de Valdepeñas. Septiembre de 2026.
La alcoba en penumbra. Los cristales velados por unos visillos que bordaste hace décadas. La silla donde te sentabas a leer poemas de Walt Whitman. Abro la puerta, muy despacio, y el silencio se mestiza con la claridad que se arrastra bajo la puerta. Algunas hojas de laurel se esparcen por el suelo como el mensaje de un olvido que lucha por prevalecer. Es solo un momento, un instante, un levitar de segundos sobre el polvo de ese pasado que ahora acude con premura ante mis ojos. Y te veo, muy cerca, atravesada por la distancia del tiempo, sí, eres apenas una sombra, un perfil evanescente, un reflejo embadurnado de cercanía, de cariño, de recuerdo. Un trazo gris en la luz imperfecta de la memoria. Me da igual. Te contemplo a través del cedazo de un amor que todavía persigo. El destino, ese cruel carcelero de ilusiones y promesas, me arrebató el claror de tu mirada, pero no logró que olvidara tu voz, ni tu piel blanca, ni tu sonrisa.
La alcoba en penumbra. Abro la puerta, muy despacio, porque sé que estás ahí, cerca, muy cerca de toda esa luz que mereces, de toda esa luz que me espera.
“Naturaleza resignificada” es el título de la exposición que el artista Teruhiro Ando cuelga en el Museo Municipal de Valdepeñas hasta el 18 de octubre de 2026.
Y como si de un poemario se tratara, las obras de Teruhiro componen un compendio sutil de haikus, esas formas poéticas japonesas en las que la brevedad y las imágenes de una naturaleza tal vez consciente nos abruman de sensorialidad. Según Arminda Lafuente, prologuista del catálogo de la muestra, resignificar consiste en dotar a lo natural de un sentido verdadero, de dotar de presencia a todo lo que nos rodea.
La exposición comienza con la serie “Nubes”. Según la lírica japonesa, estas condensaciones de agua suspendidas en la atmósfera simbolizan imágenes como la libertad, la vida errante o un viaje inesperado, pero también representan la inconstancia, la vida en mudanza permanente y lo efímero de la existencia. En las obras de esta serie, encontramos la alternancia de la luz y de las sombras, la hondura tras una ventana de fondo azul, luminoso y también la contención de un fondo cerrado, hermético, en esa metáfora de la existencia y de las trochas por los que el ser humano transita al encuentro con su destino. Y así, entre veladuras, relieves, texturas y fragilidades, la exposición avanza hasta detenerse en ese homenaje a la pintura barroca española del siglo XVII, al sentimiento de los bodegones de su admirado Zurbarán y a los de Sánchez Cotán, con esa minimalista representación del cardo sobre un alféizar en la que, según manifiesta Gloria Cereceda, guía del Museo Municipal de Valdepeñas, se desarrolla el prodigio de la tercera dimensión, a partir de las dos primeras, por un efecto óptico indetectable en la distancia. Trampantojo, magisterio, arte en su más sublime concepción. Silencio gravitando sobre tanta sensibilidad.
Se exponen otros bodegones con transparencias, recipientes de vidrio y cerámica, luz incontenible, cuerpos geométricos de cristal de roca y cuarzo blanco, sombras tenues, colores suaves y esa sencillez de líneas que nos emociona. Es la sinceridad estética y el equilibrio balsámico, la composición reposada y sus trazos limpios, también esa profundidad perfecta que encandila al espectador. Y tras unas obras en las que la idea es el corazón del lienzo y el craquelado es la técnica para hacer emerger, desde la monotonía de la llanura, los barrancos de la textura y de las sombras —Diálogos con Malévich—, encontramos el acrílico y lápiz sobre lienzo titulado Leaving, quizá la obra con más significado de la exposición. Gloria Cereceda lo muestra con esa mezcla de respeto, admiración y conocimiento de su intrahistoria: las hojas de un peral de flor que, maltrecho, fue rescatado de los escombros de la Zona Cero de Nueva York tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y, posteriormente, tras su recuperación en un vivero de El Bronx, replantado en el solar que ocuparon las Torres Gemelas. Un sobreviviente. Un homenaje a los que faltan. La presencia de la ausencia, así lo denomina Gloria. La esperanza que siempre acude en auxilio de los mortales.
Los dos últimos lienzos son un elogio a la palomilla de los muros, también conocida como hierba del campanario —Cymbalaria muralis—, esa planta humilde, perenne, rastrera, de hojas con forma de corazón y flores de color violeta. Una planta que, para que sus semillas germinen envueltas de húmeda oscuridad, se aventura en las grietas de muros, pavimentos, rocallas, mampuestos y sillares. Mala hierba, así la llaman. Una mala hierba que, suspendida en el lienzo como metáfora de la fragilidad y la resiliencia, Teruhiro Ando convierte en sobriedad delicada y bella, constante y voluntariosa, etérea y siempre encantadora.
